Los velorios de Soledad

Mi tía Soledad era rezadora y aunque no recibía un centavo a cambio de sus Ave María, ella se lo tomaba como una profesión, decía que con cada oración hacía puntos para conseguir su propio lugar en el cielo. Aseguraba que las personas al morir están más solas que nunca, por eso a ella le gustaba acompañar a las almas y con sus rezos darles un empujoncito fuera del purgatorio. No sabía leer ni escribir, pero conocía el catecismo de memoria y se ponía muy brava conmigo para que también lo aprendiera, aunque los versos y las letanías me atolondraban.

La gente del pueblo venía hasta nuestro rancho a pedirle que diera los rosarios en honor a sus difuntos. Con la tristeza y el calor a cuestas, los familiares de los muertos llegaban hasta nuestra casa preguntando por la Chole, así la conocían todos. Ella salía de la cocina quitándose el delantal, con un aire compasivo se santificaba, alzaba la vista y decía – Dios lo tenga en su santa gloria – luego remataba con un suspiro bien hondo. Después del abrazo y la llorada, se sonaba los mocos y pasaba de inmediato a los asuntos prácticos del velorio y novenario. Yo sacaba sillas y vasos con agua para las visitas, ella me presentaba como su ayudanta y cuando fui haciéndome mayor pude acompañarla.

Mientras mi tía se apalabraba con los parientes del muerto, yo iba preparando su rebozo oscuro que cada vez perdía más hilachas, los mocasines chatos y el rosario de cuentas de vidrio bendecido por el arzobispo. El compromiso era por toda la noche de vela y los siguientes 9 días después del entierro, por lo que también preparaba un morral con dos calzones y dos blusas de algodón. Soledad era muy querida y tenía muchas comadres que nos invitaban a sus casas, ahí descansábamos después del entierro.

Bajábamos al atardecer rumbo al pueblo, cuando ella calculaba que ya estaría amortajado el cuerpo, instalado en medio de la casa, listo para darle la despedida. En el camino me tarareaba el Credo y me lo hacía repetir, pero me surgían muchas dudas y le pedía explicaciones, ella me regañaba – ¿ A tí que te importa quien es Poncio Pilato? Aprende la oración o te regresas a casa – Yo sudaba y hacía un esfuerzo tremendo por poner un orden lógico entre la crucifixión, los infiernos, el sepulcro, la subida al cielo y la derecha de Dios, pero la cara inflexible de mi tía querida me hacía dejar a un lado mi curiosidad y terminaba recitando en modo tabla de multiplicar.

Entrabamos en la casa del velorio, ella discreta y ceremonial, andaba derecha, con la boca fruncida como botón de flor, yo me agarraba a las barbas de su rebozo para no perderla entre la bola de gente. Muy compungida daba el pésame, después se acercaba al ataúd rodeado de cirios, miraba el cuerpo tendido y murmuraba    – ya que te has ido tu primero, reserva un campito para mi allá arriba – Después, me hacía una seña alzando las cejas para que le pusiera un banco junto a la cruz de cal marcada en el suelo. Se acomodaba la falda al sentarse, sobaba las cuentas del rosario, bola chica, bola grande y con su carraspeo la sala entera se ponía en silencio.

– En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén – con los ojos cerrados, repetíamos el ademán de la Chole y aclarábamos la garganta para el inicio de la larga sesión. Su voz retumbaba en la sala y dominaba sobre los llantos de las viudas y los gemidos de los abuelos. Yo me acomodaba a sus pies, atenta para darle un sorbo de agua en cuanto me lo pidiera. Desde mi rincón veía como el lugar se iba llenando con más parientes y vecinas. El aire se ponía espeso con el olor a café, los humos de los cirios y el aroma de las flores poco frescas. Los rostros desolados respondían al unisono las plegarias que mi tía lanzaba, sin parar a coger aliento. No era la primera vez para nadie, a rezar se aprendía desde la infancia a fuerza de adoraciones a santos y vírgenes.

A mi me parecía eterno el recorrido de las cuentas del rosario, para cuando llegábamos a la cuarta decena de Aves María el sueño me vencía y de repente sentía el codazo que mi tía me pegaba en las costillas o el tirón de pelos que me hacía espabilar, era difícil mantener la postura y los ojos abiertos, a pesar de que el coro de voces no bajaba en entusiasmo y que mi tía Chole subía mas el tono como sí su energía se recargara con la oratoria. En esos momentos yo detestaba mi función de ayudanta y echaba de menos mi cama lejos de aquel cadáver desconocido. Pero me fascinaba verla tan dueña de la situación, dirigiendo el último evento de una vida recién apagada, tranquilizando a vivos y vivas con su promesa de paraíso a cambio de una retahíla de palabras enigmáticas.

Yo no apartaba la vista de las bolitas del rosario, me faltaban pocas para ponerme de pie y acercarme a la mesa donde había galletas y chocolate caliente. Ella, consciente del cansancio de su público, aceleraba el tempo, agudizaba la voz y sacaba extraños tonos guturales que yo no le conocía. Era una artista de la letanía y en cada velorio se las ingeniaba para poner algo de su salsa, con canciones inventadas por ella misma o con algún Padre Nuestro en versión ranchera, así la gente dejaba de dar cabezazos y se reavivaba el coro. La botella de agua ardiente pasaba de mano en mano anunciando la recta final y desde la cocina llegaba la promesa de una cena bien merecida.

– Torre de marfil. Ruega por nosotros. Casa de oro. Ruega por nosotros. Arca de la alianza. Ruega por nosotros. Puerta del cielo. Ruega por nosotros – Cantábamos la interminable fila de objetos y corderos benditos. Invocábamos a las vírgenes, a las reinas, a las madres y a las santas, todas desfilaban frente al cadáver en exhibición. La Chole suplicaba por las almas, vivas y muertas, pecadoras y débiles. – Mil perdones pedimos por cosas hechas y por hacer – decía. Yo no podía imaginar el valle de lagrimas del que tanto hablaba mi tía y trataba de pensar como sería tener una vida eterna. Por los siglos de los siglos, me parecía más tiempo del necesario.

Mis funciones de ayudanta continuaban hasta la madrugada, cuando mi tía bendecía la casa para que el espíritu del muerto se fuera tranquilo. Yo le detenía la vasija con agua bendita y juntas recorríamos las habitaciones, ella rociaba suelo, puertas y muebles, mientras el resto de las mujeres sacudían hojas de palma como espantando moscas. Luego, con el agua que restaba me dibujaba una cruz en la frente, yo apretaba los ojos esperando algún cambio traído por la bendición, pero nada sucedía y ella me apuraba – ¡No te quedes parada como tonta, muchacha! Vamos al comedor, que ya queda poca cosa –

A esas horas de la noche y después de tanto ajetreo, los tamales y frijoles caían en el estomago como piedra y me mandaban derechito a dormir. Mi tía me tendía una cobija en el suelo y me excusaba de orar al ángel de la guarda, decretaba que ya habíamos cubierto todas las peticiones al cielo y estábamos protegidas hasta la mañana siguiente. Ella se quedaba hablando con las comadres hasta quien sabe que horas. En medio de mis sueños, la oía alternar entre sollozos y risas, chismes y recetas contra el empacho. Se consumían litros de café, pulque y mezcal, olvidando a ratos el motivo de la reunión. El muerto en su frío rincón decorado hasta la dentadura, seguramente nunca vistió tan elegante en vida, ni recibió tantos honores.

– Todo lo dejamos para lo último – decía mi tía Chole. Hasta que se nos va alguien reaccionamos y hacemos cosas a destiempo para demostrarle que nos importa. Desconfiaba de la gente que regalaba las coronas más grandes, con el listón mas brillante y la dedicatoria mas rimbombante. Decía que entre más caro el arreglo florar mayor era el arrepentimiento. Sí algo aprendí de ella fue a sacar del pecho cualquier sentimiento y a decirlo fuese bueno o malo, por eso discutíamos sin tregua para después darnos cariño. Nunca logramos ponernos de acuerdo sobre las palabras de la iglesia y entre mas viejita mas guerrera se hizo. De hereje y cabezona no me bajaba, aunque me llamara su estrella de la mañana.

Antes del entierro, mi tía se encargaba de voltear contra la pared el retrato del difunto y lo cubría con un paño negro, después organizaba la comitiva, designaba a los hombres que cargarían el féretro y al frente ponía a las mujeres cantadoras que también eran las que mas recio chillaban. El panteón del pueblo no estaba lejos, pero antes debíamos pasar por la iglesia, para que el cura se encargara de dar la consagración y que el muerto tuviera el camino seguro. A veces la peregrinación iba acompañada de la banda de música, que tocaba el mismo repertorio de las bodas y bautizos. Todo aquello tomaba un aspecto muy festivo que contrarrestaba con las caras compungidas y desveladas del cortejo. – La vida no vale nada – gritaba alguno empinándose una botella.

Con el tiempo tuve que abandonar mi posición de ayudanta y no volví con mi tía a los velorios. Lejos del rancho y del pueblo la vida tomó un rumbo distinto y ella se encargó de mantener el vinculo con lo sagrado que yo no logré establecer. – Mejor pido yo por ti, hijita, no vaya a ser que me alborotes a los santos con tu escasa credulidad –. Era nuestro acuerdo, para ella los asuntos místicos, para mi los terrenales. Hasta que me tocó acompañarla en su propio funeral. Llegué demasiado tarde, cuando ya se había marchado. Soledad dejó instrucciones bien claras sobre el sudario, el cajón, la cruz y tantos otros detalles. Encima de la cama colocó el rebozo, el rosario y un libro de oraciones por sí me fallaba la memoria o no me alcanzaba la fe.

rosarios-en-sus-manos

 

Anuncios

34 thoughts on “Los velorios de Soledad

    1. Gracias Mariano. Ese relato lo escribí hace tiempo y me parecía muy largo para publicarlo. En realidad me gustaría mejorarlo. Pero yo de técnicas se poco y pensé que por aquí alguien podría hacerme una crítica . Saludos!

  1. Hiciste que me acordara de un novio que tuve, que me decía que por cada rosario que rezáramos era una gotita de petróleo para utilizar en nuestra lámpara en los tres días de obscuridad. Me encantó…Y así, cuántas historias de “no preguntes y no más repite” tenemos todos los pueblos colonizados… La Chole ♥ …

  2. 😂 La compasión es uno de los ingredientes del amor…! aunque sin lugar a dudas lo mejor de todo seguro que eran las chocolatinas…
    .

  3. Como relato, y entiendo que este texto lo es, echo de menos un mayor desarrollo de la trama. Por eso creo que no alcanza suficiente tensión narrativa. La prosa es cálida y fluida, y suena bien bien, pero, en conjunto, hilvana los sucesos a modo de crónica. Es una lectura placentera, sin duda, y eso es muy de agradecer. Un saludo, Zenaida.

    1. Gracias Alguien! Es verdad, yo también he sentido que faltó tensión, el nudo no me quedó muy claro. Tengo que trabajar más en eso. Gracias por darte el tiempo de hacerme esta crítica! Saludos!

  4. Gran texto, de todo mi gusto. Una historia muy personal que deja ver las tradiciones y creencias.
    A mi también me dijeron alguna vez “– Mejor pido yo por ti, hijita, no vaya a ser que me alborotes a los santos con tu escasa credulidad –”
    Un abrazo desde Colombia.

    1. Gracias por el comentario y el re blogeo. Disculpas por tardar tanto en responder, he estado algo ausente de este medio. Sigo sin rezar un rosario completo, me gana el sueño o pierdo la rima. Todo es cuestión de entrenamiento. Saludos!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s