Paso a pasito hasta el volcán

Subir montañas es otra de mis manías. Me gusta ver paisajes a mis pies, sentirme que sobrevuelo las cumbres y que me acerco a las nubes. Cuando estoy a nivel del mar, todo me queda muy arriba y paso la vida estirando el cuello para ver lo que esta por encima de mi corta estatura. Subiendo a los cientos o miles de metros,  me crezco y con el oxigeno fino se me aclaran las ideas. A veces, las ascensiones son para arrepentirse a media travesía, pero no suelo dar media vuelta, ni abandonar antes de llegar a las crestas.

En Indonesia, archipiélago de maravillas, hay un volcán activo de mas de 3700 metros, el Rinjani. La naturaleza, no conforme con la elegancia de este pico, se dio el lujo de rodearlo de un lago de aguas sulfuradas y de una permanente fumarola blanca en su corona, para que no olvidemos que el monstruo no está tan dormido y que en cualquier momento ruge y reparte fuego por toda la isla.

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Silencio

Como tantos sitios de Indonesia, la zona del volcán es un Parque Nacional, lo que significa que hay que pagar para subirlo y es casi obligatorio hacerse acompañar de un guía. La ruta no es complicada, no tiene pierde, solo hay que tirar para arriba y dosificar las energías, porque es agotadora. La ventaja de ir con guías, es que estos llevan todo lo necesario pasar la noche y el siguiente día en la cima. Esto significa que son capaces de cargar hasta con la estufa. Organizan un campamento de miles de estrellas.

Empezamos por un caminito rodeado de cafetales y durante una hora aquello parecía un paseo dominical. Pero, conforme fuimos avanzando, la cosa se puso mas exigente y el poco peso que llevábamos en las mochilas se hacía piedra. El guía, veloz con sus chanclas horcapollo, saltaba ligero entre las raíces y rocas de aquella selva nebulosa, fumando cigarrillos a lo bestia y cargando un bulto de 27 kilos. También nos acompañaban 2 porteadores que llevaban a cuestas dos canastas repletas de trastos, atadas a un bambú.

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Con todo y sin perder el ritmo

Creo que yo llegué a la cima, por amor propio. Me jodía mucho ver a los porteadores dejándose el alma a cada paso que daban. Sus ropas hechas trizas y los pies casi descalzos, cargando 6 veces mas del peso que yo llevaba en mi ridícula mochila ergonómica montañera. Vergüenza pasé en toda la ascensión, con mis magnificas botas de material técnico, que no me hacían ir mas rápido que esos hombres de trabajo tan sufrido y sonrisa permanente.

A medida que subíamos, la vegetación fue escaseando y de la selva frondosa pasamos a un terreno seco de tierra suelta, de esa que en los cerros, hace que una resbale y vaya a dar al suelo. Ahí, agradecí más que nunca la presencia de nuestro estupendo guía, que con su bastón improvisado, nos apuntaba el sitio justo donde debíamos apoyar el pie. Después de varias caídas, llegamos a donde ya solo teníamos el cielo por encima y un mar de lava seca con arbustos enanos.

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¿Falta mucho?

Por una vereda confusa de piedras muy redondas, llegamos al espectáculo. Tardamos unos minutos para acostumbrar a los ojos al abuso de belleza que teníamos en frente, los sentidos se tomaron su tiempo en interpretar todo lo que ahí sucedía. Un volcán encharcado, rodeado de un cráter lunar, el cielo con un sol en despedida y nubes doradas, más cercanas que nunca. Todo esto, aderezado con la alegría y la calma que llega después de haber superado una larga jornada de aventura.

 

 

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2 thoughts on “Paso a pasito hasta el volcán

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