Sobre el mar de Flores

El título de esta entrada parece anunciar una poesía, pero hoy prefiero evitar los versos y describir algo más de la belleza de Indonesia. Este archipiélago con más de 17 500 islas tiene un mar llamado Flores, nombre que recibió en el siglo XVI de los invasores y misioneros portugueses que se establecieron ahí a repartir su fe católica a cambio de materias primas.

Desde la Isla de Komodo y Flores es posible salir por avión o por una sucesión extenuante de autobuses y barcos. La logística en esta zona es una rompedura de coco y hay que calcular bien por donde y como moverse, pues cualquier retraso puede ser fatal y genera una serie de complicaciones que se traducen en pérdidas de tiempo y dinero.

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Puerto de Labuhanbajo

Suelo viajar con el reloj a mi favor y con pocas exigencias de comodidad, ni lujos. Así que, mi opción de transporte ideal en Indonesia fueron los barcos de pescadores que de vez en cuando suben a algún viajero o viajera por el camino. Durante varios  días y noches navegué a bordo de una embarcación austera y sin pretensiones por un mar tranquilo.

Con 8 tripulantes y 4 pasajerxs a bordo, salimos del pueblo de Labuhanbajo, lugar principal de turismo de buceo y exploración. Lento, pero seguro  avanzamos hacia el oeste, haciendo paradas en varias pequeñas islas, a veces a conseguir agua potable y víveres o simplemente para estirar las piernas dando un paseo por los áridos cerros de la región.

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Komodo y ningún dragón a la vista

Mientras que la tripulación se detenía a dar mantenimiento al barco o pescar, el mar nos jalaba adentro y pasábamos horas ‘esnorkeleando’ y haciendo apnea entre mantas gigantes, tiburones, atunes, ballestas, jardines de anguilas y tantas maravillas más. Volvíamos a bordo con la piel ardiendo y los ojos salados, pero felices hasta las escamas.

Se nos pasaban las mañanas y las noches, entre siestas, comidas abundantes, lecturas, conversaciones a señas con los pescadores. A nuestro paso veíamos las fumarolas de los volcanes, recordándonos lo frágiles que somos, ahí en caso de erupción no hay a donde correr y no sé hasta que punto el mar sería una protección.

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Volcán indonesio, siempre listo para la acción.

Detrás de cada isla venía una más y otra, y otra, así eternamente. Infinito archipiélago, parecía que no acabaría nunca. Los atardeceres se fueron haciendo más largos y los días increíblemente lentos, al cabo de varias jornadas de vida marinera la ilusión se me fue adelantando a puerto para buscar una ducha con agua dulce y comida sin pescado.

Con toda la hermosura del mar y todo lo que me gusta meter la cabeza en el azul profundo, no niego que me alegré de llegar al puerto de Mangsit, en el noroeste de Lombok. Ya era tiempo de caminar sobre una superficie estable, dormir en algo suave y recuperar el tacto de la propia piel sin sal, al menos por unos días.

 

 

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5 thoughts on “Sobre el mar de Flores

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