Kuta Lombok en estado puro

Kuta Lombok fue mi última parada en Indonesia, durante mi más reciente viaje por el Sudeste Asiático. Han sido unos meses de mucho mar, mucho gusto, mucha aventura y muy poca conexión con el resto del mundo. Ahora, quiero empezar del final hacia el principio de la ruta y ésta es mi primera entrada de una nueva serie de recuentos viajeros.

En Indonesia hay dos lugares con el mismo nombre: Kuta Bali, extremadamente turística  y Kuta Lombok, más tranquila con playas y olas ideales para el surf. Y no es que yo sea aficionada a ese deporte, pero me gusta ver como surferos y surferas  se balancean sobre esos muros de agua salada, sus acrobacias me emocionan como si yo misma estuviese sobre la tabla.

¡La playa es para todas!
¡La playa es para todas!

Llegar a Kuta lleva algo de esfuerzo, pero Lombok tiene buenas carreteras y el sistema de transporte está bastante desarrollado, con facilidad se encuentran mini vanes, buses y taxis para moverse por la isla. Basta ponerse las pilas para negociar con los chóferes que no siempre están en modo generoso y simpático. Creo que la idea extirpadora del turismo ya está llegando hasta este rincón de Indonesia.

En Kuta las playas parecen hechas mano, con tantos detalles puestos como por accidente, pero con el cuidado de las cosas que no pasan desapercibidas. Montones de rocas que hacen que el mar salte alborotado, troncos que llegan a la orilla modelados estéticamente, vegetación tupida de selva y manglares misteriosos.  A todo esto hay que agregarle la presencia constante de manadas de monos curiosos y divertidamente obscenos.

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Playita de Pantai Mawun

En la playa principal de Kuta me fue imposible plantar huellas en la arena, en realidad una va caminando por ahí haciendo surcos y no dejando delicados dibujos de pies. Andar por esa arena tiene poco de romántico y mucho de cardio intenso y es que esos granos son como pelotas que nos hunden hasta las rodillas. Recorrer esa playa es un deporte extremo, con el plus de hacerlo en un entorno único.

En una moto, con mi mejor compinche de viaje recorrimos en un día casi toda la región. Atravesamos un sin fin de aldeas, calitas y escondites irresistibles. A nuestro paso la gente sonreía y saludaba, haciendo alguna pregunta a gritos y señas. Nos dejamos sorprender por niñas y niños, tenaces negociantes en potencia. Rodamos hasta el atardecer, bajo ese calor húmedo, con el consuelo del viento marino en la cara y la promesa de un pescadito fresco que no se dejó atrapar.

 

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