En Marsella

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Vieux Port, Marsella

A ella le gustaban sus ojos miel encendidos,
a él la imperfección de sus lunares bien puestos.
Ella se columpiaba en su pelo espeso de caracoles,
él memorizaba la curva de su nariz respingona.

Ella alucinaba con su imagen de leyenda norteafricana,
y él se fundía cuando ella pronunciaba las erres
A ella le impresionaba su laicismo resuelto y batalloso.
A él le intrigaba la ruta irregular que seguía ella.

Él se fascinaba con el color de sus pieles,
arenas de dos desiertos, aceitunas de dos olivos.
Mismo sol abrasador hasta los huesos,
misma infancia en tierra seca y piedras ardiendo.

Ella punteaba sus historias de libertad y pasión.
Él insistía en los ideales y anhelos iguales
y a ella la incitaban las diferencias tajantes.
No simulaban nada, no eran falsa amalgama.

Él venía del continente vecino, frontera con el mar,
ella del otro lado del océano, frontera con un cerco.
Eran de Norte con identidad de Sur,
o de Sur con ambiciones norteñas.

Llegaron al puerto mediterráneo con gracias y sellos.
Casa de inmigrantes, parada donde sacudir el miedo
Para él ésta era la soñada puerta de Europa,
para ella sería el paso hacía la aventura en África.

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