Desierto, mar y volcanes

Desierto de Altar, Sonora
Desierto de Altar, Sonora

Vengo del desierto, de una inmensa tierra seca donde se aprende la paciencia a golpes de sed y de viento caliente. Ahí el calor penetra los huesos y la piel se curte con el sol y los chorros de sudor. El único respiro nos lo ofrece el mar, detrás de las dunas espinosas.

Igual que las flores de ocotillo, las choyas enanas y los monumentales saguaros, la gente del desierto aprende a esperar. Deseamos la lluvia eternamente, la llamamos con tanta fuerza que cuando por fin llega lo hace con violencia y sin piedad, cavando surcos y zanjas, corriendo y arrastrando lo que encuentra a su paso.

En este desierto hay espacio para todo, hasta para albergar incontables cráteres y volcanes. Cúmulos ancestrales de lava y ceniza forman una muralla de picos que llamamos Sierra de El Pinacate. Este espectacular sitio del Gran Desierto de Altar, ha servido de escenario para científicos en sus pruebas pre lunares.

El Pinacate o Volcán Santa Clara es el gigante que se ve desde la carretera entre Sonoyta y Puerto Peñasco, al pasar por ahí, una se pregunta lo que habrá detrás. Las leyendas y mitos del lugar son incontables, su historia tiene nombres de misioneros europeos, chamanes, brujas y seres de otros planetas.

Siempre me ha fascinado la inmensidad de estas arenas, pero sobre todo me intriga la vida que crece en ellas, con autenticas ganas de existir y prosperar. Mis abuelos son parte de estas almas aferradas, llegaron a este hueco perdido hace más de medio siglo, atraídos por la promesa de un puerto en plena expansión.

Ahí plantaron la potente semilla de una familia que sigue creciendo, tanto que ya perdimos la cuenta. Todas y todos tienen una historia de trabajo, de lucha constante, de amor por la vida y de interminable alegría. 

El pueblo ha crecido, tiene cara de modernidad, de dinero que fluye y de turistas que vienen y van. Sin embargo, la arena sigue presente en cada hueco,  recordándonos de que el desierto no ha perdido terreno, somos sus simples inquilinos y por ahora nos deja estar ahí.

Ahí donde el mar se une con las dunas, bajo la sombra de los volcanes, ahí quiero volver. Muy cerca de donde empieza la península de Baja California, donde la vida marina es un auténtico acuario, ahí tendré siempre motivos para hacer un alto y respirar.


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