Nan, mi rincón en Tailandia

b20150128_170318
La vida en Nan, Tailandia

El autobús hace una parada en Nan, pequeña ciudad del este de Tailandia, poco mencionada en las guías de viajes. Ahí bajan algunas personas, pero la mayoría seguimos abordo. Yo me debato entre continuar hasta el próximo pueblo, mientras veo por la ventana los reencuentros efusivos en la estación y las maletas que salen disparadas del porta equipajes.

Lanzo una moneda de 10 Bahts al aire, sí cae la cara del rey me quedo en Nan. La moneda vuela, intento atraparla, pero se escurre de mis manos y rueda apresurada sobre el suelo del bus. La detengo con el pie y suspiro, donde sea estaré bien. Bajo mi zapato descubro el rostro del regente. Tiempo después me entero que en este país la imagen del monarca es sagrada y pisarla es un grave delito.

Me gusta el nombre de Nan, suena a comida para bebés, a pan suave de la India, al sobrenombre de un adolescente con ojos candentes que nunca he vuelto a ver. Cruzo sus calles limpias, diviso puntas de pagodas que se encuentran con cables eléctricos sin llegar a tocarse. Casi oscurece y no tengo donde dormir.

Alguien me aconseja ir a un hotel cerca del museo, una casona antigua con fachada de madera esculpida y adornos como encajes. Por su puerta sale una muchacha de mi tamaño que camina con pasos cortos, casi danzarinos. Lleva un morral en el hombro y una pila de papeles en los brazos.

— Esto ya no es un hotel — me dice sonriendo y explica que el lugar se ha convertido en una organización de turismo activo, con recorridos culturales en bici por Nan y sus alrededores. Ella trabaja ahí y se encarga de desarrollar iniciativas eco-turísticas. Sin ánimos de cortarle el rollo, le digo que todo eso me interesa mucho, pero por ahora mi prioridad es encontrar una cama.

La chica entra de nuevo al edificio y minutos después sale aún mas contenta, sacudiendo un post-it como si fuera un billete de lotería premiado. Es la dirección de una casa de huéspedes. Me da instrucciones para llegar ahí y tantos detalles que me confunde. Lo repite otra vez, pero el signo de interrogación no abandona mi cara.

— ¡Yo te llevo! — decide, sin esperar mi respuesta. Coge mi mochila, a pasos chiquitos y rítmicos vamos hasta su coche. ¿Me subo, no me subo? dudo por que siempre hay que dudar. Reflexiono los segundos mínimos reglamentarios del código de la viajera precavida. La verdad, por mas que escarbo en mi sexto, séptimo y octavo sentido, no encuentro impedimento para aceptar este aventón.

— Me llamo Mayuree — se presenta con su inglés lleno de cortesía y sin pretensiones.

— Después de hacer mis estudios en Bangkok, encontré trabajo en Nan y me encanta, ¡es muy bonito!. Si quieres, mañana cuando salga de trabajar, vamos a dar vueltas en bici por los barrios más lindos. Casi todos los días pedaleo sin rumbo con mis amigas y cerramos la ruta cenando en el mercadillo nocturno. Además en Nan, las bicicletas no se alquilan, se prestan y hasta te regalamos un mapa con las pistas ciclables.—

La combinación de las palabras: bicicleta y sin rumbo, es un código secreto que me desarma. Mayuree no lo sabía, pero acababa de atraparme. Hasta ese día yo ignoraba la existencia de ese lugar, por mero azar me encontraba ahí y ahora sentía unas ganas enormes de descubrirlo y verificar su belleza en buena compañía.

El hostal a donde me llevó, es una enorme casa de madera con jardines bien regados, cafetería, biblioteca y hamacas. La dueña me enseñó el sitio como si se tratase de una reliquia muy querida. Las cuatro habitaciones, bellamente decoradas estaban vacías, pude elegir la más iluminada y con la mejor vista.

Muy pronto, entendí que sería difícil irme de Nan y prolongué la estancia tanto como pude. En los 11 días y noches que viví ahí, recorrí con la bici sus calles y sus mercados, casi siempre acompañada. También fui a los campos y a las colinas cercanas. No se me escapó ni un solo templo. Me dejé acariciar la vista y la imaginación con los hermosos murales de los cuentos jakata, que relatan la vida del Buda antes de su iluminación.

— Vuelve pronto — se despidió Mayuree, ella y sus amigas me acompañaron a la estación de autobuses. Nos hicimos decenas de selfies posando al modo Thai. Hubo intercambio de pequeños regalos y bebimos nuestro último té juntas con la certeza de que en algún momento y en algún lugar nos encontraremos de nuevo.

El templo blanco de Nan
El templo blanco de Nan
Pagodas de Nan
Pagodas de Nan
b20150127_175616
Parada para admirar
Uno de mis puestos de comida favoritos
Uno de mis puestos de comida favoritos
Manzana rosa
Manzana rosa
Wat Phumin
Wat Phumin
Detalle de los murales de Wat Phumin
Detalle de los murales de Wat Phumin
Detalle de los murales de Wat Phumin
Detalle de los murales de Wat Phumin
Detalle de los murales de Wat Phumin
Detalle de los murales de Wat Phumin
Escuela budista
Escuela budista
Templo del conejo
Templo del conejo
Alimentación de diseño
Alimentación de diseño
Vendedora de lotería
Vendedora de lotería
Mi vendedora de jicamas
Mi vendedora de jicamas
Mural escolar
Mural escolar
Cena despues de la ruta ciclista
Cena después de la ruta ciclista
Anuncios

11 thoughts on “Nan, mi rincón en Tailandia

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s