La mujer de Luang Namtha

My ride!
My ride!

Luang Namtha, es la base para visitar el gran parque natural que lleva el mismo nombre, una región montañosa, de cascadas y riachuelos sin fin. El norte de Laos sigue seduciéndome y a pesar de que llevo semanas aguantando su frío, soy incapaz de abandonarlo. En esta zona abunda la oferta de guías y viajes organizados al corazón de la montaña, esa es supuestamente la mejor manera de descubrir el lugar.

Hago una comparación de propuestas de excursiones, tarifas y  tamaños de grupos, pero lo único que logro sacar es un tremendo dolor de cabeza. Tengo claro que no soy carne de agencia de viajes. Lo mío es ir  sin horarios, ni programa definido, parar bajo cualquier árbol a descansar, sacar de mi mochila algo de comer, o echar una siesta. No hay urgencia por ver tal o cual sitio, no hay prisa por visitarlo todo.

En labores
En labores

Mi solución ideal en esta región es alquilar una moto, de esas que rechinan al frenar y que saltan desaforadamente en los baches y charcos. No sé de que marca es, al  alquilarla no me dan el papel de registro  y mucho menos me piden el permiso de conducir. Todo se hace sobre el entendimiento de que volveré para entregarla sin raspones ni averías.

Ataco la salida norte de la ciudad, quiero encontrar el antiguo camino de China y seguirlo mientras dure la gasolina o hasta que mi espalda aguante, la moto azul que me lleva no tiene un sofá de lujo como asiento y los amortiguadores están deformes. Paso por muchas aldeas sin nombre, chozas amontonadas rodeadas de huertos y jardines bien cuidados, los cerdos echan la carrera al ver que me acerco y las gallinas campeonas en esquivar ruedas, atraviezan el camino sin perder ni una pluma.

Aldea de Luang Namtha
Aldea de Luang Namtha

Mujeres y hombres labran la tierra, niñas y niños pastorean sus cabras a varejonazos. En los caseríos, las cocinas están a la vista, las ollas en pleno hervor me mandan sus olores, sopas de fideos  de arroz, vísceras  revueltas con hierbas y mucho picante. La comida gira en torno a los mismos ingredientes, pero nunca huele ni sabe igual. Ya va siendo mi hora de llenar la tripa, decido que en la siguiente aldea me detendré a buscar algo para apaciguar el hambre.

Cerca del camino, alguien recoge leña, se la echa a la espalda y emprende la misma ruta que yo. Con tanto hueco y piedra en el suelo no puedo acelerar,  ella tampoco  puede caminar más rápido, durante unos metros nos hacemos compañía. El peso de sus troncos la hacen encorvarse, con una sonrisa  levanta la cabeza y me dice algo que no comprendo. Le sonrío, paro el motor y a señas me ofrezco a llevarla. Ella fija los ojos en mi asiento, en mi cara y en el camino, con agilidad inesperada trepa en la moto sin soltar sus maderas. El equilibrio me falla por instantes, mi pasajera es muy ligera, pero su carga me desestabiliza.  Al cabo de pocos kilométros me toca el hombro, me detengo y ella baja.

Luang Namtha
Luang Namtha

Cuando termina de ajustarse la carga en la espalda,  sacude su falda y con el brazo extendido apunta hacía la colina. Entre los árboles frondosos distingo un techo. Ella me dice algo que repite una y otra vez, es obvio que quiere que la acompañe.  Empujo la moto a la orilla del camino, ella empieza subir por el monte y yo la sigo. El cerro esta enlodado, mis zapatos se llenan de barro y resbalo cada dos por tres. Ella me lleva mucha delantera, a ratos la pierdo de vista entre la espesura. Escalo con manos y dientes, hasta que la veo sentada sobre un tronco seco, esperandome sin seña de sudor en su rostro.

Al acercarnos a su casa, escucho voces masculinas, gritos alegres y cantos desafinados. Me invita a quitarme el calzado  en la entrada, suelta su carga junto al fogón y atravieza la puerta, voy detrás de ella y mis ojos tardan en acostumbrarse a la oscuridad. Ahí dentro sólo hay la luz que llega a través de las tiras de bambú de las paredes. Distingo tres siluetas de hombres sentados en el suelo, beben en vasos pequeños y uno de ellos tiene en sus brazos a una niña dormida.  En medio hay un par de bolsas de plástico llenas con un líquido transparente, es lao lao, con muchos grados de alcohol.

Semillas al sol
Semillas al sol

La mujer sale de casa y me deja unos instantes con los de la fiesta, me sirven un vaso de lao lao imposible rechazar, hago como que bebo, mi consciencia de conductora responsable no me permite lanzarme a la bebida. Ella vuelve con 4 huevos y unas ramas que parecen espinacas. Su cocina es la mas ordenada que he visto, todos los utensilios tienen su razón de estar ahí, nada sobra, nada estorba. En unos minutos prepara un revuelto de huevos con verduras, que compartimos con los borrachos hogareños y la niña que ha despertado de su siesta.

Me quedo unas horas con esta familia, donde la mujer se encarga del orden de la vida y las cosas. Callada  sale a dar unos granos a sus gallinas, después pasa al corral donde los chivos berrean de hambre y saltan de contentos al verla llegar. De su huerto recoge algunas hortalizas y riega las pocas flores que el frío permite sobrevivir. Se nota que anda consciente de donde pisa y no se entretiene con pensamientos superfluos, me da la impresión de que su energía es eterna, sin embargo la administra a cuenta gotas. No hace ningún movimiento desordenado, ninguna decisión es repentina.

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Me despido de ella timidamente, me da miedo romperla sí la abrazo, es tan fuerte y tan delicada a la vez. En su casa las copas continuan, los hombres pronto volverán a tener hambre y las brasas que los mantienen en calor están por apagarse, la esperan para que meta más leña al fuego. Además hay ropa en remojo dentro de una marmita y tantas otras tareas que la aguardan. Me dice adiós con la mano y la veo sonreir por última vez.

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Estilo Lao
Aldea de Luang Namtha
Aldea de Luang Namtha
No sin mi pequeña
No sin mi pequeña
Dulce Kawena y su cocina
Dulce Kawena y su cocina
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Zenaida motorizada
Por los caminos de Luang Namtha
Por los caminos de Luang Namtha
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