El fondo de la tierra en Tham Kong Lo, Laos

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La travesía de la gruta Tham Kong Lo, en la región central de Laos, se hace en una pequeña canoa al ritmo del remo de dos intrépidos barqueros con ojos hechos para la oscuridad.

El río serpentea a lo largo de la gruta, penetrando cada vez más en la tiniebla, las formas y figuras se hacen cada vez más imposibles de descifrar.

En cada cueva y roca  veo seres fantásticos que nos observan desde su escondite, mi foco frontal no es de gran ayuda. El mínimo círculo de la lámpara se mueve con un temblor desesperado tratando de iluminar esa enorme cresta, aquella cola puntiaguda o esa sombra monstruosa.

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Todo lo veo a medias, es imposible adivinar que hay entre las estalagmitas y estalactitas que parecen derrumbarse sobre la barca. Las piedras son cada vez más grandes, van tomando formas espeluznantes y no cabe duda de que las cuevas albergan a cientos de criaturas de la noche.

Los barqueros luchan contra la corriente, evitando el peligro de los remolinos. El barquero mayor dirige las maniobras al frente y el barquero joven rema con toda su fuerza atento a las órdenes de su compañero.

Van con la mirada fija en lo negro del agua, saben anticipar sus movimientos y comunican entre ellos con silbidos. Ninguno de los dos se entera de mi boca permanentemente abierta y mis manos aferradas a las tablas cómo patas de loro malhumorado.

Ambos han navegado cientos de veces por la gran gruta, pero ahora parece cómo si entrarán ahí por primera vez y que los obstáculos cambiasen de sitio para complicar la navegación.

Tal vez Tham Kong Lo no quiera visitas, tal vez las sombras que viven ahí se diviertan moviendo el río y las piedras a su antojo para asustarme y que nadie venga a interrumpir la paz del inframundo con luz artificial y nuestros ojos indiscretos.

Al cabo de una hora de tinieblas ya echo de menos la luz del día, hace frío y el agua ha entrado en la barca, mojando ropa y zapatos. De repente, al frente  aparecen dos maléficos ojos verdes, que se acercan a la barca. Cuando estoy a punto de entrar en pánico, mis pupilas reciben un golpe de luz y esos tremendos ojos se convierten en el inicio de un denso bosque.

Es la salida de la gruta, he atravesado los 7 kilómetros más eternos y fantásticos de este país. Es momento de respirar y entrar en calor, de estirar las piernas y quitarme las emociones del cuerpo.

Cuando al fin encuentro respiro, los barqueros suben a la barca y con dos silbidos me dicen que hay que abordar. Subo convencida de que esta vez no me dejaré llevar por mi imaginación, pero tan pronto cómo nos traga la cueva,  mis monstruos me dan la bienvenida y me acompañan otra hora más.

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