Inalcanzable Isla de Phu Quoc

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Después de un par de días de lluvias en el centro de Vietnam y con rachas de frío y viento, me puse a estudiar el mapa para encontrar un destino más alegre.

Entre Hoi An y Saigon están los bosques de Dalat, pero ahí tampoco no había sol por el momento. Busqué en la costa, pero no vi nada atractivo, sólo algunas estaciones balnearias tipo Benidorm o Acapulco y la verdad prefiero algo más alternativo.

Continúe recorriendo el mapa con el índice y tropecé con una pequeña isla en el Golfo de Tailandia, llamada Phu Quoc.  Me sorprendió que perteneciera a Vietnam aunque esté más cerca de Camboya. Según el pronóstico del clima ahí el buen tiempo estaba asegurado, así que siguiente parada: ¡la playa!

Por carretera se tarda unas 30 horas en llegar al puerto de Rach Gia, desde donde sale el ferry a Phu Quoc, es un viaje rompe cuerpo, por lo que decidí buscar un vuelo y acelerar la llegada al mar.
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Tomé el vuelo más barato de la historia (por lo menos de la mía), por la módica cantidad de 30 dólares gringos me dejé catapultar del puerto de Danang hasta la ciudad pesquera de Can Tho, sobre el delta del mítico río Mekong.

En una hora y media de vuelo ya estaba pisando tierras sureñas y felizmente estaba el sol que yo buscaba. Can Tho es el epicentro económico de la zona del delta del Mekong, es una ciudad efervescente, con jardines y un malecón de palmeras, ideal para un paseo al atardecer.

Después de una noche en un hotel cuyo menú estrella incluye ranas, anguilas y ratas (no ratas de alcantarilla, claro, pero si las primas gorditas de estas), me fui a Rach Gia muy temprano, convencida de que en pocas horas estaría flotando en una playa.

Se dice, que son 3 horas de carretera hasta el puerto, el tiempo justo para alcanzar el último ferry  del día a Phu Quoc, que sale a la una de medio día.

Pero el destino o los astros no tenían el mismo plan para mi. La única compañía de autobuses con viajes a Rach Gia ya había vendido todos sus pasajes y por más que imploré que me dejarán viajar en el banquillo o de pié, no hubo modo de convencer a la encargada del negocio, que ese día hacía gala de la versión más estricta de ella misma.

Me parecía increíble creer que el autobús tuviese consignas de seguridad tan rígidas, cuando en este país se comenten locuras inimaginables sobre ruedas. Total, tuve que aplicar el plan B inexistente.

Frente a las estaciones de autobús de Vietnam se amontonan taxis y camionetas más o menos oficiales. Los vendedores de billetes hostigan hasta hartar a la gente viajera para convencerla de subir al vehículo. En general el precio esta súper inflado y hay que negociar, no se sabe a ciencia cierta a que parada van, ni cuanto tiempo tardan en llegar a destino.

A señas y dibujos, conseguí lugar en una charanga con el letrero de «Rach Gia y puntos intermedios», en vietnamita por supuesto. En sus buenos tiempos el carro sería una flamante mini van, pero esa época ya estaba muy lejana.

El chofer era un hombre de unos 60 años y llevaba cómo ayudante y cobradora, nada menos que a su esposa o novia, de la misma edad, pero con menos dientes.

Esta pareja de transportistas paraba cada 100 metros a subir a cuanta persona estuviera en la orilla del camino, la mujer gritaba con su voz chillona y agitaba su sombrero floreado a través de la ventanilla, llamando a clientes potenciales. A veces bajaba a media marcha del carro y con agilidad de adolescente corría a la captura de un pasajero o pasajera más.

En el vehículo ya no cabía nada, yo sudaba cómo pérdida, sin poder moverme, pues cada vez me amontonaban a alguien extra encima. Los continuos frenazos y la velocidad se magnificaban por lo destartalado del carro, todo le bailaba. Para alegrar la cosa, el chófer daba marcha atrás cada vez que lo creía conveniente, al ritmo de «la lambada», para alertar al tráfico y de paso amenizar el momento.

Dentro de los servicios ofrecidos por esta pequeña empresa estaba también la entrega de paquetes. La consigna era muy eficiente, se hacía sin parar el vehículo. El chófer daba indicaciones a la ayudanta, esta sacaba medio cuerpo del vehículo y desde ahí lanzaba los bultos con fuerza de bateadora. De repente, aparecía alguien al lado de la carretera para atraparlos, en el momento justo. Nada tocaba el suelo, la operación no tenía fallo.

Después de casi 5 horas (no 3) de entretenido viaje, el chófer paró y me dijo que he llegado, la ayudanta me apuntó con el dedo hacía las motos y moteros parados a la espera de clientes y para aclarar me dijo “motorbike”, es decir que hay que continuar el trayecto en moto.

Con una gran sonrisa y saludos efusivos, cómo si fueramos grandes amigos, me dejaron ahí, en medio de la nada. El destino hasta donde yo había pagado, estaba aún a 30 kilómetros y desafortunadamente al conductor le quedaba fuera de ruta, así que no había otra opción: tocaba ir en moto y pagar algo extra.

El paseo en moto, con casco para alguien muy cabezón, resultó lo mejor del día. Mi conductor, rodaba a velocidad prudente y yo me dediqué a ver el paisaje de los pueblos y embarcaderos del delta, confiaba en que tenía el tiempo justo para subir al ferry.

Tuve que esperar muchos minutos antes de que la vendedora de billetes para el ferry, levantara su vista de la pantalla que tenía sobre su escritorio. Tardó otros minutos más en decirme cándidamente que el ferry ya estaba lleno, pero don’t worry, en el ferry del día siguiente si había plazas. No sabía si estrangularla o prenderle fuego. Se salvó porque era la única chica gorda que vi en todo el tiempo que estuve en Vietnam y yo voto por la diversidad de los cuerpos.

No me fue fácil aceptar la realidad, me quedé varada en un pueblo pesquero sin atractivo, donde hacía un calor hirviente y los mosquitos parecían tener colmillos.

Entré a la primera casa de huéspedes que encontré, me di una buena ducha y salí a reconciliarme con el lugar, después de todo Rach Gia no tenía la culpa de mi odisea.

En el mercado local encontré algunas razones para volver a ser feliz. Las marchantas me saludaban y varias niñas y niños me decían “hello” con una risa tierna. Recorrí las callejuelas intentando identificar pescados y mariscos desconocidos.

En el puesto de la señora más anciana compré jícama, papaya, mango y tamarindo, y en el parque, bajo la sombra de unos almendros, me preparé la mejor ensalada de frutas del año. Phu Quoc, sus playas y mi cóctel sobre una hamaca tendrían que esperar un día más.

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4 thoughts on “Inalcanzable Isla de Phu Quoc

  1. En mi mente siempre aparecen Vietnam, Camboya y otros lugares de la zona que me gustaría tanto visitar. Viajar en esta clase de vehículos, tan atiborrados de gente, sin contar con el calor que hace… es toda una odisea. He vivido en Haití casi diez años durante los cuales viajaba muchas veces por medio de este tipo de transporte, pero en unos llamados tap tap, así como coches, y ya te puedes imaginar los agujeros en las calles y carreteras, los saltos, las gallinas en el tap tap, y sin embargo forma parte de mis sensaciones felices. Tu ensalada debía de ser maravillosa! Gracias por compartir estos momentos. Un abrazo, Zenaida 😉

  2. Vietnam y Camboya son países muy bellos en los que nunca te aburres, donde te sientes segura y bienvenida. El único peligro que veo son las condiciones de las carreteras y el modo de conducir. Pero una va tan entretenida por esos caminos que ni te acuerdas de tener miedo.
    Me encantaría ir a Haití aunque me tenga que jugar la vida en un tap tap, seguro es una vuelta que vale la pena.
    Seguimos leyéndonos!

    1. El lunes vuelvo ya que dentro de poco me voy fuera a pasar el fin de semana. Por lo que no escribiré en mi blog. La semana próxima tengo intención de leer tus entradas, y aprender sobre tu modo de viajar, impresiones, anécdotas, etc. Un abrazo Zenaida, por cierto, un nombre precioso. xoxo

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