El duende y el zapato

Cada otoño mi bisabuela Nana Chuy venía a visitarnos, al verla entrar por la puerta de casa, yo corría a su encuentro, la abrazaba estirando mis pequeños brazos para abarcar su cintura y sin soltarla le preguntaba – ¿cuándo te vas?-  Ella me acariciaba la cabeza y sonriendo respondía: ¡pero sí apenas he llegado muchacha!, ¿que ya quieres que me vaya?.

A mamá no le gustaba mi pregunta, pero la bisabuela sabía que yo intentaba saber cuántas noches de historias de espantos y duendes me esperaban; además de los paseos por el campo, las lecciones de tejido de palma, las comidas condimentadas, las siestas en su catre, los bailes y muchas risas. Con su presencia mis días eran más divertidos y yo intentaba prolongarlos el máximo posible.

Salía de prisa del colegio, evitando cualquier distracción que me hiciera retardar el reencuentro con Nana Chuy, adivinando en el camino que sorpresa me habría preparado durante la mañana, tal vez me esperaba una nueva muñeca hecha con los retazos que sobraban de sus vestidos ó habría preparado el dulce de calabaza que tanto me gustaba.

Vestida con colores chillantes, con un cinturón confeccionado de la misma tela de su falda, con la mano en la cintura y la espalda bien recta, Nana Chuy era capaz de responder con ironía en segundos ante cualquier provocación y aunque yo no siempre comprendiera el significado de sus certeras palabras, la admiraba y deseaba ser como ella: fuerte, incansable, valiente y alegre.

En las horas antes de su partida  yo no me despegaba de ella ni un minuto, queriendo detener el reloj. Con el corazón encogido le ayudaba a empacar sus cosas mientras Nana Chuy me prometía que volvería pronto y me daba mil y un consejos que aún yo no era capaz de entender.

En una de esas despedidas, ella ya estaba lista para irse y al querer calzarse sólo encontró uno de sus zapatos. Mi madre y ella lo buscaron de prisa, voltearon las camas, los sofás, movieron los muebles y esculcaron los armarios. Revisaron hasta la casa del perro, pero el zapato derecho se esfumó y Nana Chuy lanzaba improperios al duende que según ella se lo había robado, mientras que a mí se me aceleraba el pulso temiendo que se descubriera el zapato.

Debía irse pronto o perdería el tren, así que muy en contra de su voluntad aceptó el préstamo de un par de zapatillas de mi madre. Vi con resignación como ella renegando se las puso y perdí la esperanza de que se quedara un poquito más conmigo. Le dije “hasta luego” con un beso bien dado y seguramente deje escapar alguna lagrimilla.

El misterio del zapato perdido se aclaró días después, cuando mi madre abrió el horno de la cocina. Ahí estaba el zapato de color marrón con lacito en la punta. El duende de mi Nana Chuy había elegido ese escondite insospechado para evitar que ella se fuera lejos a repartir alegría entre otros bisnietos.

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Madrid, 26.11.2013

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6 thoughts on “El duende y el zapato

  1. Qué bonita historia la de Nana Chuy. El zapato no hizo que no se fuera, seguro que te sentías muy triste… Eso es lo que yo sentía con mi abuela Dolores, ella era la alegría hecha persona, siempre tan optimista, tan buena y requetebuena cocinera (nos hacía un arroz al horno que era una maravilla) Te mando un abrazo de corazón a tí, y también a tu abuelita, y seguro que ella lo recibirá con una sonrisa, dondequiera que esté.

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